Por Jorge Argüello.
Hace años, cuando el presidente Néstor Kirchner me designó como embajador argentino ante las Naciones Unidas, me instruyó respecto de las prioridades del país en ese escenario, el máximo de la diplomacia mundial. Entre ellas, y en un lugar muy destacado, estaba la cuestión Malvinas. Recuerdo al ex presidente decirme que veía con preocupación una suerte de “deslizamiento” de la cuestión, una cierta pérdida de espacio en la agenda multilateral.
De allí la instrucción que habría de signar mi paso por la ONU: trabajar en todos los frentes, para darle visibilidad al tema, para reinstalarlo en la agenda de la política internacional. En ese sentido, 10 resoluciones de la Asamblea General convocando a Gran Bretaña a sentarse y a negociar sobre soberanía, y otras 29 resoluciones del Comité de Descolonización, más 11 resoluciones y 8 declaraciones de la OEA no habían sido suficientes.
Recientemente, Argentina consiguió el respaldo del Grupo de los 77 + China, el bloque más importante de la ONU que reúne a los 132 países en desarrollo, cuya presidencia argentina desempeñó durante 2011. Obviamente, también la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), de la cual Néstor Kirchner fue una de sus alma mater, acompañó los reclamos a través de declaraciones políticas determinantes, primero, y después con medidas concretas, como impedir que entrara en los puertos de los países de la región cualquier buque que enarbolara la bandera de la actual administración británica de las islas usurpadas.
Solidaridad
Más íntimamente relacionado con la gestión diplomática del país, se multiplicó la creación de Comités de Solidaridad con la cuestión Malvinas en todas las capitales en las que la Argentina tiene representación diplomática.
Sólo en Estados Unidos, este año se han constituido siete comités, cuyos representantes acompañaron a la Presidenta en su exposición en Nueva York días atrás. Y a ellos debe sumarse las numerosas conferencias que dimos bajo el título de “Hacen falta dos para bailar el tango”, exposiciones de una intención política explícita recibida con entusiasmo y sin prejuicios desde Beijing hasta los claustros de la Universidad de California-Los Angeles (UCLA), pasando por la de los de Bologna (Italia), Nueva Delhi (India), Ciudad del Cabo (Sudáfrica), La Habana (Cuba), Bangkok (Tailandia) y otros.
Al acompañar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en la inédita visita de un jefe de Estado al Comité de Descolonización de la ONU la semana pasada, sentí que se cerraba la etapa abierta por Néstor Kirchner, porque su objetivo de visibilizar la cuestión Malvinas estaba cumplido. Hoy resulta claro para todo el mundo que Malvinas figura en la agenda de los temas políticos pendientes de la ONU. No sólo hay conciencia en que se le debe una respuesta a la Argentina, sino que –tras décadas de resoluciones desoídas por Gran Bretaña– es la comunidad internacional toda la acreedora de Londres.
¿Puede alguien en el mundo contemporáneo negarse a dialogar y luego querer convertirse en adalid de los derechos humanos, de las libertades, del mundo civilizado, del mundo occidental y cristiano? La verdad que no.
Ahora ya es inocultable: hacen falta dos para bailar el tango, y el mundo está esperando.
Valiente discurso
La nueva etapa que se abre tras el valiente discurso de Cristina de Kirchner persigue el inicio del diálogo, sin precondiciones. Allí está la apelación de nuestra Presidenta: “No estamos pidiendo que nos den la razón; no estamos pidiendo que digan que ‘sí, las Malvinas son argentinas‘. Estamos pidiendo, apenas, nada más ni nada menos que se sienten a una mesa a dialogar”.
Este artículo fue publicado en Nuevo Diario Web de Santiago del Estero

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