Artículo recomendado: Las consecuencias económicas de Mr Trump

Globalización y Comercio

Donald Trump se ha convertido en un sujeto interesante de análisis porque ha prometido cambios significativos en muchas esferas de la vida política y económica de EEUU y el mundo, lo cual ha generado múltiples focos de resistencia. Y ese es el primer elemento a analizar. Cuánto podrá avanzar en una agenda como la propuesta?  Qué resistencia de las elites y parte del establishment va a encontrar, qué alianzas internas y externas podrá implementar? Y,  si finalmente frente a la notable resistencia que ha desatado, moderará sus promesas o mantendrá la apuesta.

Desde la perspectiva de los países emergentes vale la pena centrar el análisis en sus propuestas económicas. Trataremos de ir de lo más general a lo más específico.

La promesa basal consiste en dar un golpe de timón para volver a posicionar a EEUU como “el” líder central y único y no como un primer actor más (primus inter pares) compartiendo cartel con China y algunos otros países relevantes. America First es una concepción completa (externa e interna) sobre el rol de EEUU en la política y en la economía mundial. Es clave porque cambia la ya tradicional posición a favor del multilateralismo que se había acentuado con Clinton y Obama.

America first o Make America great again son los leitmotivs mediante los cuales Trump propone repensar la globalización por sus efectos nocivos para EEUU. Paradójicamente, una amplia mayoría de analistas serios de diferentes corrientes ideológicas sostienen que, si hay que señalar los países beneficiados por la globalización, en esa lista no faltaría EEUU, pero Trump afirma que no. Posiblemente lo que cierra la brecha de percepciones es cómo se ha distribuido el beneficio neto de la globalización en la sociedad norteamericana. Pero no es este el camino elegido por Trump para el diagnóstico donde el foco de la culpa es externo.

Para analizar la internacionalización de una economía es conveniente estudiar sus dos principales canales de interacción con el resto del mundo. El canal comercial y el financiero. Hay otros importantes como el migratorio o el cultural. Pero su análisis excedería este espacio.

Trump cree que la globalización ha llegado muy lejos en lo que respecta al canal comercial, no así en el canal financiero. Por supuesto, el canal migratorio de la globalización directamente lo ve como dañino y, suponemos, que el canal cultural lo percibe beneficioso sólo sí contribuye a expandir la cultura americana tradicional en contraposición al multiculturalismo.

Asistiremos entonces a un ambicioso intento de reconfigurar la globalización económica privilegiando el canal financiero (al que piensa liberar de sus ataduras) y condicionando el canal comercial.

 

Multilateralismo y política comercial

Hay varios pasos para cambiar el impulso al multilateralismo. Los megaacuerdos comerciales y de inversión como el Transpacífico (que justamente intentaba excluir a China) se abandonarán por nocivos (Hilary prometió lo mismo), algo similar pasaría con el TTIP (acuerdo con Europa) y los más tradicionales como el NAFTA serán renegociados.

Los foros multilaterales como el G20 u otras instituciones pierden relevancia en esta visión global. Se reestablecerá la vieja política del Hub and Spoke. EEUU hablará con cada país, individualmente, uno por vez, haciendo sentir el peso de las asimetrías y estos competirán para hacerle el mayor número de concesiones, lo antes posible. Se fomentará la división de los bloques eligiendo interlocutores privilegiados en cada uno.

Se intentará una política comercial de EEUU más restrictiva. Las declaraciones del candidato hablaban de una suba de aranceles del 45% con China y 35% con México. Lo más concreto es la propuesta de un impuesto de ajuste fronterizo de 20% presentada por Paul Ryan, Presidente de la Cámara de Representantes. Esto no es fácil de implementar, requiere mucha sintonía fina para no dañar las cadenas globales que se han ido estableciendo y de las cuales las multinacionales norteamericanas son el centro.

Conocer cuál es la relación costo-beneficio final entre mayor costo de los insumos y partes importadas y un mayor componente propio en el made in América no es fácil de estimar. Ni es probable que se espere a tener el numero fino.

Como problema de fondo subyace que los trabajadores y la clase media norteamericanos enfrentan tres problemas simultáneos que son comunes a los trabajadores de otros países avanzados que son: el outsourcing de actividades en países con bajos salarios, la automatización y una reducción en los costos de transporte. Son las propias empresas de EEUU las que producen afuera para vender en el país y globalmente. Qué fuerza persuasiva tiene un gobierno/el gobierno Trump / para inducir a las empresas a tener una mayor composición local de la producción norteamericana?. ¿Hay una posibilidad win-win para trabajadores y empresas estadounidenses a costa del resto del mundo? Trump parece creer que sí.

Al ser un país muy grande obviamente EEUU tiene más grados de libertad para realizar estas políticas que implementarlas en países pequeños o medianos. Pero si la medida además de los flujos actuales de comercio busca condicionar futuras inversiones, estimulando el insourcing, entonces deberá plantearse como algo permanente generando una gran tensión en el comercio internacional.  La otra medida comercial complementaria será revisar las reglas de origen en los acuerdos preferenciales de comercio ya firmados como el NAFTA o con Corea para evitar el uso de la llamada puerta trasera.

Por otro lado, a nivel comercial es probable que se maximice los niveles de discrecionalidad en cuanto al entramado de regulaciones sanitarias, técnicas, cuantitativas, etc. (como las que conocemos en limones, carne, etc.). La discrecionalidad practicada por un país con un mercado muy grande es en sí misma un potente incentivo para relocalizar inversiones, sobre todo si estaban destinadas a abastecer al mercado norteamericano.

 

El bilateralismo

Para Trump, el déficit comercial de EEUU con gran parte del mundo ha sido una obsesión en sus 30 años de opiniones políticas. En forma práctica, focaliza al comercio con los países que detentan los mayores superávits bilaterales contra EEUU como el responsable del déficit. China, México y Alemania, son tres “problemas” bilaterales que buscara resolver en forma diferenciada.

Entonces, a nivel bilateral, el primer paso de la nueva política podría ser “disciplinar” un socio relativamente débil y más fácil de presionar como México. Pero es sólo un ejercicio para intentar ablandar a China. Con México seguramente se establecerán reglas de origen más estrictas para evitar que en el proceso de maquila, es decir cuando los insumos van de EEUU a México para ser armados y retornan a EEUU, no se introduzcan demasiadas partes de China y otros países. O sea, cerrar canales indirectos de entrada de bienes intermedios a bajo costo. México deberá replantear, entre otras cosas, ese rol de “puente” entre Asia y EEUU.  Por supuesto, comercio en bienes y servicios e inversiones es una parte del combo que completan la inmigración y el narcotráfico. Subestima Trump la vieja lección que el movimiento de bienes y servicios es un potente descompresor de las presiones migratorias naturales que genera la diferencia de ingresos per capita entre vecinos.

Con China la negociación es más compleja aún, pues el comercio es sólo una parte de la interdependencia económica forjada en las últimas tres décadas. China posee un stock muy grande de bonos del Tesoro de EEUU (más de 1,12 miles de millones de dólares) y un stock gigantesco de inversiones directas norteamericanas (IED) en su territorio. Este esquema de equilibrio entre comercio, bonos, IED y tipo de cambio semifijo fue lo que hizo que varios autores caracterizaran dicho período de la arquitectura financiera internacional como el “Bretton Woods II”.

Con Alemania el punto es negociar más bilateralmente, cosa que Alemania evita históricamente porque la UE es el lugar ideal para esconder su superávit en cuenta corriente de 8%, bajo el paraguas que el euro es una unión monetaria y entonces la cuenta corriente que se debe mirar es la de la zona euro que está en torno a cero. Vale recordar que Alemania es el mayor exportador del mundo y algunos sectores de EEUU han sostenido que la política monetaria del BCE implica una “manipulación” del euro para favorecer la competitividad europea. Dados sus niveles de productividad y la moderación salarial lograda, Alemania es uno de los miembros que menos lo necesita, pero de los más beneficiados. Aun cuando, paradójicamente, es el más tenaz opositor a la política monetaria laxa de Mario Draghi.

Por lo tanto, marcha atrás en el multilateralismo, medidas arancelarias homogéneas para todos, incentivos sobre algunas exportaciones, algunas formas de compre nacional y una baja de la tasa impositiva que pagan las empresas en EEUU, más cierta discrecionalidad en las medidas paraarancelarias y negociaciones bilaterales especificas con los principales socios, más persuasión empresarial (vía twitter o informal) podría ser el complejo mix de políticas para la esfera comercial. Es obvio que todo esto pondrá fuerte tensión sobre la OMC (sobre la que hubo amagues de potencial retirada) y sobre toda la arquitectura comercial internacional.

 

Los efectos y las reacciones 

A nivel de EEUU la incógnita es qué efecto tendrán estas acciones sobre el crecimiento, hasta ahora débil, de la productividad norteamericana y, finalmente, en los salarios y empleo de los sectores excluidos que dieron ese margen de votos crucial para gestar la cruzada trumpista.

Las consecuencias del experimento asoman inciertas. Si bien la teoría clásica del comercio internacional y los aportes más modernos (diferenciación de precios y productos por mercados) ofrecen algunas indicaciones sobre los resultados esperados de cada acción en forma individual y bajo ciertos supuestos restrictivos, la literatura empírica reciente no ofrece evidencia contundente de cuál puede ser la resultante final de la sumatoria de medidas en un contexto de desequilibrio macro. Y, más aún, en un contexto tan particular de un país-mercado de escala muy grande no plenamente comparable con el resto de los países.

Por ahora los mercados accionarios han reaccionado con optimismo, marcando Wall Street una notable recuperación a pesar que Hilary, que era la preferida, tenía una propuesta distinta. Si creyéramos, como muchos economistas, que los mercados actúan con racionalidad y la mejor información posible, diríamos que los mercados están descubriendo grandes posibilidades para las empresas norteamericanas (no de todas por eso la correlación del precio de las acciones ha bajado). O sea, estarían apostando a un cambio favorable en los fundamentales. Pero este comportamiento también podría hablar de una burbuja; seguramente merece un trabajo aparte interpretar estos movimientos.

A nivel global la pregunta es cómo afectarán estas acciones al comercio mundial que viene creciendo muy lentamente y ralentizando la recuperación internacional poscrisis, cómo será la reacción de los socios?. Podría iniciarse un periodo de retaliaciones comerciales y acuerdos parciales que excluyan a los EEUU o serán aceptadas pasivamente como el mal menor?. Si bien podremos ver hechos paradójicos como a China defendiendo el libre comercio y a EEUU en actitudes más proteccionistas, lo importante es qué acciones tomarán efectivamente los socios de EEUU. Es probable que la primera actitud sea dejar este año para la observación del fenómeno y no contestar.

El complemento de estas interpelaciones es preguntarse qué capacidad tiene Trump de implementar esta agenda que hemos marcado como la ideal para sus propuestas. ¿Podrían estas políticas desestabilizar el sistema comercial y financiero multilateral que son los pilares principales de la arquitectura económica internacional consolidada desde la caída del muro hasta nuestros días? ¿Qué resistencia puede encontrar a esa reconfiguración en los otros socios y en la propia estructura nacional?

Más en general, aparece como un importante programa de investigación entender qué sucedió con la globalización, que de ser un paradigma que prometía mayor crecimiento y bienestar terminó siendo rechazada en el corazón de los países que controlan el sistema global. Seguramente la clave para entender esto resida en el triángulo globalización, crecimiento, distribución del ingreso.

En términos políticos también es importante comprender por qué esa reacción antiglobalizaciòn en los países desarrollados viene de la mano de fuerzas políticas pertenecientes a una derecha reaccionaria, intolerante y xenófoba, que algunos simplificadores tildan de populismo. Qué ocurrió con la socialdemocracia o la izquierda clásica que no lograron reformas creíbles en un caso o perdieron parte de su constituyente en el otro?

Hasta ahora hemos visto la doctrina Trump sobre la parte más visible en términos políticos de la globalización que es el comercio de bienes y servicios, puntos en los que Trump ha sido sumamente explícito. Pero, toda esta política comercial debe ser mirada en conjunto con la política financiera y macroeconómica de Trump. Veremos en la próxima nota como la globalización financiera y los efectos externos de las políticas macro internas son la otra parte de la globalización que hacen mucho más inciertos los resultados y por ende más difícil de medir las consecuencias económicas de Mr. Trump.

Desregulación financiera local y global

En la primera nota analizamos el impacto de Trump sobre el canal comercial de la globalización. Respecto a lo que consideramos el segundo canal de transmisión de la internacionalización económica, el canal financiero, se aprecia que Trump ha dado señales claras que, también en este caso, abandonará el multilateralismo y la coordinación regulatoria para marchar hacia un esquema más desregulado y más favorable a la toma de riesgo como el existente antes de la crisis de 2007-08. La orden ejecutiva de Trump implicará revisar la regulación Dodd-Frank de 2010 sobre mayores niveles de capital, límites a las ratios de apalancamiento, realización de stress test, pedidos de capital adicional para los bancos muy grandes, mayor regulación en derivados, posiblemente retroceder lo poco que se avanzó en límites a los bonus gerenciales, etc. Así, parte del esfuerzo hecho en pos de regular sobre todo a los bancos de inversión y, en general, a la actividad financiera más especulativa van a ser desandados. En particular, hay un repliegue en todo lo referido a la transparencia del sistema financiero. La línea decisional sobre cómo regular el sistema financiero en estos temas ha sido entregada a los propios bancos. En esto, tal cual ocurría con los demócratas, la famosa “puerta giratoria de los bancos al Tesoro” sigue funcionando.

Más en general, luego de años de modestos éxitos en la re-regulación del sistema financiero internacional en el ámbito del G20 y el FSB (Financial Stability Board), entraremos de nuevo en el mundo de la desregulación y el autogobierno de los bancos globales. A menos de diez años de la gran crisis y sin que realmente se haya resuelto consistentemente la misma, los bancos se preparan para volver al business as usual. Los mercados ya lo anticiparon.

Muy importante en este contexto es el dato que colaboradores cercanos a Trump sostuvieron en una declaración oficial que la FED, involucrándose en la negociación de las regulaciones bancarias y financieras globales en Basilea y otros foros como el FSB, estaba cediendo soberanía y perjudicando la industria financiera norteamericana al aumentar los costos como el de mantener más capital.

El punto clave acá, es que en el canal financiero -a diferencia del comercial- un no involucramiento de EEUU, dada su importancia, deja prácticamente sin sentido la cooperación global. En otras palabras, los modestos avances que se lograron en el marco del G20, FSB y Basilea quedarán limitados; dependiendo su implementación de la voluntad de los países. Esto abre un interrogante sobre cómo seguir para los emergentes (por ejemplo, Argentina) que ya pusieron en práctica gran parte de las regulaciones prudenciales.

La convicción generalizada que la desregulación de Regan – Tacher en los 80, seguida en los 90, fue nociva y generó una crisis tan profunda como la iniciada en 2008 ha salido del pensamiento oficial de la Casa Blanca. Podríamos entrar así en una nueva etapa de innovación financiera para la toma de riesgo y de expansión global de los bancos norteamericanos.  Esfuerzos como compartir información en la OECD y la lucha contra las guaridas financieras podrían ralentarse (especialmente respecto a las propias). Puede no ser el caso de la colaboración en asuntos tributarios conocidos como BEPS (Base Erosion and Profit Shifting) que es la acción de las empresas para pagar menos tributos en EEUU, donde esto puede ser complementario para recuperar base tributaria y recaudación ayudando al inshoring empresario.

La Macroeconomía de Trump

Las medidas que propone la Administración y que los mercados están descontando, presuponen un shock fiscal con dos componentes principales. Por un lado, los impuestos a las empresas y a las personas bajarían sustantivamente. Esta reforma tributaria debe ser discutida en el Congreso donde los republicanos tienen mayoría y sería implementada en 2018 pero puede tener efectos anticipados importantes por la acción de los mercados financieros. Obviamente que los detalles serán muy importantes para determinar el efecto sobre crecimiento y productividad de una baja impositiva. La promesa de reducción de impuestos para crear empleo es distinta a bajar la progresividad del impuesto a los ingresos en los deciles más altos.

Por otro lado, el Gasto publico aumentaría por la realización de un mega plan de infraestructura (550.000 M) destinado a mejorar la performance de la productividad de la economía norteamericana.

La combinación de una disminución impositiva junto con un aumento del gasto llevaría a un incremento del déficit fiscal, fenómeno ya verificado en otras administraciones republicanas. Aquí la clave importante será dilucidar cuál es la tolerancia temporal macro y financiera para un ciclo de déficit fiscal alto, aunque seguramente podría durar todo el primer mandato.

También es un debate interesante para los macroeconomistas discernir si un shock fiscal semejante genera un impulso duradero o los agentes económicos podrían neutralizarlo descontando que en el mediano plazo deberán pagar más impuestos, y ahorrando anticipadamente.

Lo que es claro es que el déficit no se financiará a tasa casi cero como hasta ahora. Por un lado, Trump ha sido muy crítico de que la FED haya mantenido la tasa tan baja durante tanto tiempo. Por otro, la FED por si misma viene realizando un lento proceso de normalización de las tasas, por lo cual son previsibles varios aumentos este año y el próximo.

El punto a destacar es que se propone este shock fiscal en el contexto de una economía como la norteamericana que se encuentra no tan lejos de un crecimiento aceptable y cercano al máximo en términos potenciales (2.5-3%) con una tasa de desempleo relativamente baja (5%) y con la inflación cercana a la meta del 2%.

Los resultados esperados de la baja de impuestos y el gasto en infraestructura serían reducir los costos, aumentar la débil inversión, hacer creer la productividad y finalmente la competitividad de la economía americana.  Desde ciertas perspectivas este shock fiscal podría ir más allá de las posibilidades estructurales de crecimiento sostenibles de la economía y podría generar mayores presiones inflacionarias, sin embrago, otras visiones creen que el desempleo es bajo por un gran efecto desaliento y hay espacio para crecimiento del 4% no inflacionario. La cuestión a dilucidar es si este shock de políticas es suficiente para sacar a países avanzados como EEUU de una situación que ha sido caracterizada de “estancamiento secular” causado por condiciones estructurales más profundas.

En todos los casos, un aumento del déficit, mayores necesidades financieras del Tesoro, inflación y crecimiento más altos son escenarios compatibles con tasas de interés más altas y presiones apreciatorias sobre el dólar.

 

Una locomotora para el mundo 

La interacción entre las medidas macro y las comerciales es un capítulo que será de especial interés económico. Un shock de crecimiento en EEUU sería un impulso positivo para un mundo que crece débilmente desde 2007. Un dólar fuerte, que sería la contrapartida cambiaria más probable de todas estas políticas internas sería un segundo estímulo para ese mundo donde (sin ser su objetivo principal) EEUU se convierte en la locomotora global.

Si bien no hay un modelo econométrico que nos pueda dar una estimación razonable a cuatro años frente a tantos cambios simultáneos en tantas variables, la intuición teórica estándar nos permite pensar que con crecimiento y apreciación del dólar tanto el déficit comercial como el de cuenta corriente de EEUU deberían aumentar. Este escenario nos retrotrae a la primera parte de este artículo y es la obsesión de Trump.

Si se quisieran corregir los efectos “negativos” en el balance externo de EEUU de sus políticas macro expansivas con más medidas comerciales y/o cambiarias, la situación se tornaría muy disruptiva.

 

¿Qué pasará con los demás países?

Como sucede en el ajedrez, o mejor aún en el póker que convoca también al azar, las relaciones internacionales tienen un componente estratégico donde no se puede asumir que la contraparte no haga nada.

El caso más delicado es siempre el de China. Con estas políticas expansivas vendería más a EEUU. Colocarle aranceles específicos o buscar que aprecie su moneda puede generar respuestas fuertes en el campo comercial (vuelta a las viejas guerras comerciales) o en el mercado de los bonos del tesoro o de los flujos financieros bilaterales, esfera donde los resultados son más inciertos y susceptibles de mayor poder desestabilizador. Si China aceptara apreciar el renminbi frente al dólar para satisfacer a EEUU, se perjudicaría frente al resto de Asia que es su gran mercado.

Alternativamente, esta situación también puede dar lugar a negociaciones bilaterales que revalidarían la idea de un Bretton Woods II implícito, basado en el dólar y el renminbi. La opción enfrentamiento o negociación dependerá de la fortaleza que cada adversario perciba en la contraparte.

Todo este proceso de fricciones presupone que China es suficientemente fuerte para afrontar este desafío a lo que venía siendo su tranquilo (e indisputado) ascenso a la cima económica global. Pero, ¿podría China crecer sólo al 4% si los EEUU disminuyen sus compras? ¿Es estable China creciendo al 4%? Las opiniones al respecto están divididas. Para muchos analistas el modelo chino es relativamente endeble, por estar basado en una economía demasiado dependiente del resto del mundo y que no terminó de pasar de ser un modelo export led growth a tener un crecimiento más balanceado hacia la demanda interna. De hecho, hace dos años que vende bonos del Tesoro sistemáticamente porque afronta una persistente fuga de capitales, existen grandes burbujas financieras controladas gracias a la presencia estatal en todos los niveles y una frágil estabilidad política que podría debilitarse ante un menor crecimiento y un mayor aumento de las desigualdades personales y regionales.

Para el resto de los emergentes este escenario implica cierta pérdida de protagonismo. La tasa internacional, el dólar y los commodities dependen, fuertemente, de la política monetaria norteamericana. Si China creciera menos implicaría una caída en la demanda de materias primas y una sobreoferta de bienes finales a bajo costo. Por otro lado, devaluaciones contra el dólar de las monedas emergentes y tasas más altas les dificultan el financiamiento de nuevos proyectos e incluso el roll-over de mucha deuda tomada en moneda extranjera desde 2010.

 

Sosteniendo a Trump

Respecto a la sostenibilidad en EEUU de las políticas trumpistas, todo dependerá de las inconsistencias y los desequilibrios que puedan generar y de la percepción sobre los beneficios y beneficiarios. También será una pregunta abierta la capacidad que el gabinete variopinto que se ha formado mezclando CEOs y extremistas de derecha pueda implementar la ambiciosa agenda propuesta. Hasta ahora los tropiezos han sido múltiples.

Frente al escepticismo de gran parte de los economistas por las posibles inconsistencias del plan “populista”, y la incapacidad de los modelos de procesar tantos cambios simultáneos, por ahora, los mercados han dado un gran crédito a estas promesas tocando niveles record. Lo cual, por lo menos, garantiza el típico estímulo al consumo que puede dar el efecto riqueza en una economía donde las tenencias de activos financieros son muy relevantes.

En lo político el desafío es mantener el apoyo del núcleo duro WASP (White Anglo-Saxon Protestant) que le dio el grueso de su voto,  más esa parte de votantes desencantados de la globalización y del deterioro del sueño americano. Para medir lo importante que son las percepciones segmentadas sólo hay que observar que los demócratas con una economía casi normalizada en la macro no recogieron los frutos electorales al fallar en la atención de cómo se distribuyeron esos beneficios macro.

Si bien parece claro que EEUU sufrió durante décadas un proceso de redistribución negativa del ingreso en favor del 1% más rico, con crecimiento de los ingresos reales por debajo de la productividad, y que eso explica el descontento de los excluidos que ya no pueden sostener con crédito los niveles de vida previos, en todo el esquema trumpista no aparecen políticas redistributivas directas hacia esos sectores.  Para atender a ese público electoral manteniendo los intereses profundos que representa el presidente, o sea, potenciando los negocios corporativos, se requeriría que funcione un efecto de derrame que sea win-win. Esto implicaría lograr que el ingreso promedio suba considerablemente, aunque la distribución no cambie.

Las medidas políticas sobre la inmigración y la recuperación de algunas inversiones con persuasiones twittera mantienen la atención mediática pero no son los hechos que moverán la balanza de los apoyos electorales. Una vez más será la economía la que determinará sí en 2018 Trump se convierte en un pato rengo prematuro o puede aspirar a dejar su impronta como hicieron el reganismo o el tacherismo.

Un mundo complicado 

En un artículo de 2008 Krugman mostraba como el canal comercial no es relevante para explicar la propagación de la crisis financiera al resto del mundo. Si fuera cierta nuestra hipótesis de que Trump combinará proteccionismo comercial y desregulación financiera, estaríamos frente la configuración de un escenario mundial nuevo, desafiante y propenso a las crisis.

En resumen, el replanteo de la globalización que propone Trump es lo opuesta a lo que proponía Keynes quien en su esquema ideal para Bretton Woods reivindicaba las virtudes del libre comercio, pero se oponía a la libre movilidad de los flujos financieros. Trump parece favorecer lo opuesto; no desea el libre comercio, pero sí la desregulación financiera y la libre movilidad de capitales. En este sentido Trump está lejos de ser un retorno a los años dorados del capitalismo fordista de los 50-70. Su proyecto es un nuevo mix no suficientemente probado y posiblemente, la peor de las combinaciones.

La política macro de Trump tendrá un efecto externo muy fuerte dado el tamaño de EEUU y su rol como eje monetario y financiero. Un mundo donde EEUU asuma un rol de locomotora global y crezca al 4% puede ser positivo para el crecimiento global, pero tendrá repercusiones en el tipo de cambio global del dólar, en mayores déficits de cuenta corriente de EEUU y en mayores influjos de capitales. Si EEUU acepta estos desequilibrios y vía desregulación financiera recibe esos fondos, implicaría una vuelta a los primeros años 2000. Si resiste el déficit en cuenta corriente y la apreciación con mayores medidas comerciales proteccionistas y una guerra de monedas (devaluaciones competitivas) sería una vuelta a los años treinta. Ningún de los dos escenarios constituye lo que podríamos llamar a wonderful world.

 

Por Jorge Carrera

Profesor Finanzas Internacionales, UNLP.

Ex jefe de Investigaciones Económicas del BCRA.

Este artículo fue publicado en elpaisdigital.com, en dos partes, los días 12 y 23 de marzo 2017

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