Bye, bye, Thatcher

El Brexit tiñó casi por completo la campaña electoral de Gran Bretaña, desde el inesperado llamado a las urnas de la primera ministra conservadora Theresa May hasta los picantes cruces con su rival laborista, Jeremy Corbyn, pero aquí, en suelo inglés, epidérmicamente se percibe que los británicos definirán mucho más que esa histórica ruptura.
Detrás del polvo que levantó el referéndum de 2016 que decidió el Brexit y eyectó al premier tory David Cameron (2010-16), sucedido por May, en los dos grandes partidos del Reino Unido se verifican transformaciones ideológicas de grandes implicancias, más allá de a quién veamos festejar el próximo viernes por la noche en Londres.

Marcados a fuego durante los últimos treinta años por los liderazgos de Margaret Thatcher en los 80 y de Tony Blair en los 90, conservadores y laboristas han decidido romper con esos legados. Es más audaz en el caso de May, ex ministra del Interior, que llegó al 10 de Downing Street sin ganar ni siquiera una elección interna del partido.
Gran Bretaña escenificará el fin de dos épocas. Desde ya, el Brexit encaja en ese proceso. De hecho, May abandonó la idea de gobernar hasta 2020 con una envidiable mayoría propia en el Parlamento heredada de Cameron y llamó inesperadamente a elecciones generales, con el propósito de consolidar su liderazgo, argumentando que propios y adversarios complican las negociaciones del Brexit.

En estos últimos días, cuando Corbyn se acercó en las encuestas, May volvió a agitar el Brexit para atraer votos entre sectores medios-bajos ganados por la fobia a la UE y a los inmigrantes, y para diferenciarse de su rival, aun cuando el veterano dirigente laborista ha insistido en que, Brexit mediante, el Reino Unido puede estar mejor fuera de la UE.

Bye, bye, Thatcher. Cuando uno toma contacto físico con la actual política británica, comprueba sin embargo que ha ocurrido otra ruptura. La campaña puso sobre el tapete desde renacionalizaciones de servicios y aumento de impuestos a empresas y ricos, hasta inversiones en obras públicas y la recuperación de la asistencia social, la salud y la educación públicas, pasando por crear bancos públicos y poner topes a las tarifas.

Cuando todos los partidos quieren una economía que funcione para todos, no para unos pocos, uno se da cuenta de que el neoliberalismo es el verdadero perdedor.
El libre mercado dañó el tejido social y dejó a millones en el camino. Ahora, los programas electorales de todo el espectro político lo asumen, sintetizó en estos días el académico local Tim Jackson, un reconocido experto en desarrollo sustentable.

En efecto, primero fue el turno del manifesto conservador. Para empezar, el programa tory ataca a los establishments: “En lugar de seguir una agenda definida y establecida por las elites de Westminster, gobernaremos en favor de la mayoría de la ciudadanía británica”. El reposicionamiento ideológico lleva a los tories a preferir una economía que asocie al Estado con los privados, bajo un fuerte liderazgo que sólo el gobierno puede proveer.

La perplejidad es mayor cuando uno lee: “Creemos en estas cosas porque somos conservadores y no a pesar de ser conservadores. El conservadurismo nunca ha sido la filosofía que han descripto los caricaturistas. No creemos en los mercados libres sin restricciones. Rechazamos el culto al individualismo. Aborrecemos las divisiones sociales, la injusticia y la desigualdad (……) Es una creencia no sólo en la sociedad, sino en el bien que el gobierno puede hacer”.

Luego, el programa tory enuncia cuantiosas inversiones hasta 2020 en infraestructura, vivienda, rutas y trenes. Ningún beneficio fiscal para clases medias y muchas alusiones a regulaciones y restricciones a los privados. Esta nueva matriz conservadora se completa con un rígido control de la inmigración de un modo también poco thatcherista: castigando con más impuestos a las empresas que contraten inmigrantes.

Todo iba sobre ruedas para May hasta que alguien leyó que se obligaba a los mayores con demencia senil propietarios de viviendas de más de 160 mil euros a cubrir con el valor de sus inmuebles los costos del cuidado del servicio público. En estos días, en Londres, hemos escuchado hablar tanto del impuesto a la demencia (dementia tax) como del Brexit.
Semejante gaffe en una plataforma que ponía por primera vez en décadas mucho énfasis en lo social obligó a May a dar una brusca marcha atrás tan poco creíble que le costó el primer resbalón importante en las encuestas, pero sobre todo conllevó el costo de generar dudas sobre los límites de su capacidad intelectual y política.

Nuevos viejos laboristas. En el campo laborista también hubo corrimiento, en este caso para abandonar la Tercera Vía de aires neoliberales concebida por Blair casi en paralelo con Bill Clinton. Pero la ruptura fue más previsible considerando las ideas más radicales con que Corbyn conquistó su partido, fáciles de emparentar con otras izquierdas europeas (Podemos o Syriza).

El manifesto laborista (“For the Many, Not the Few) ofrece propuestas muy diferentes a las que sostuvo el partido en los 90, como la de renacionalizar los ferrocarriles, las empresas de energía y los servicios de agua, además de crear bancos de desarrollo y darles más poder a los sindicatos. En ese contexto, Corbyn quiere comprometer al Estado en una segunda gran industrialización del país y elevar el salario mínimo a 16 euros/hora.

Aunque personalmente Corbyn cedió en sus propuestas más radicales (abolir la monarquía o desterrar la energía nuclear), los laboristas basan su programa económico en subir los impuestos al 5% que más gana para financiar grandes reformas de la salud, la asistencia social y la educación, y un plan de infraestructura multimillonario en diez años.
El éxito de los programas electorales siempre depende de la calidad de los liderazgos. Lo nuevo en esta Gran Bretaña de 2017 es que las aguas que vemos correr aquí frente a Westminster están devolviendo ideas que parecían perdidas.
Con May o Corbyn, el futuro de la política británica promete ser navegado siguiendo mapas corregidos. Dentro o fuera de Europa.

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