EDITORIAL: “EL HURACÁN DONALD”

La ola de destrucción de vidas y bienes que dejaron los huracanes Harvey e Irma en el sur de Estados Unidos ha dejado en evidencia una vez más la perversa política de la administración de Donald J. Trump, que agita banderas nacionalistas con las que termina perjudicando a sus propios compatriotas.
Apenas asumió, en enero, Trump dio respuesta inmediata al complejo petrolero que lo apoyó autorizando dos grandes gasoductos que atravesarán el país, Keystone XL y Dakota, cuyo tendido había sido frenado por ambientalistas y pueblos originarios.
Nadie, argumentó, volvería a cortar las alas del complejo petrolero estadounidense, ni en nombre del medio ambiente ni en nombre del calentamiento global. Comenzaba una “nueva era en la producción de energía”, una “independencia energética”. Rex Tillerson, ex CEO de Exxon, se convirtió en jefe de la diplomacia norteamericana.
Trump también designó en la Agencia de Protección Ambiental (EPA) a otro escéptico del cambio climático como él, Scott Pruitt, un ex fiscal general de Oklahoma ante cuyo nombramiento cientos de científicos del clima se habían prevenido descargando  toda la información pública relevante para evitar su destrucción maliciosa.
En marzo fue más lejos: la Casa Blanca reasignó fondos de prevención de inundaciones y recortó los de la agencia federal de manejo de emergencias para “ahorrar” al contribuyente casi 900 millones de dólares.
La decisión podría haberse leído como parte del ajuste fiscal de un gobierno empeñado además en retirarse del Acuerdo de París de 2015, pero Trump no es de sutilezas. En el mismo documento, se destinaban 2.600 millones de dólares de esos “ahorros” a la construcción del muro en la frontera con México.
Entonces, otras leyes, las más poderosas de la atmósfera, dictaron primero en agosto el ingreso del huracán Harvey a Texas, y enseguida en septiembre el Irma en Florida, ambos con una fuerza sin antecedentes en medio siglo.
Los huracanes Harvey e Irma desafiaron políticamente a Trump como lo había hecho el Katrina con  George Bush (h) en 2005. Su predecesor republicano nunca se recuperó de su tardía reacción y su floja gestión de la catástrofe, a diferencia de la respuesta que dio después el demócrata Barack Obama ante el Sandy en 2012, días antes de terminar siendo reelegido presidente
Los fenómenos, según la opinión unánime de los científicos, golpearon a millones de contribuyentes, causaron decenas de muertos y provocaron graves daños a propiedades privadas e infraestructura pública que, justamente, debían mitigar las agencias desfinanciadas por Trump.
Los medios llegaron a la conclusión de que ni un plan terrorista podría haber logrado tan eficazmente lo que el Harvey logró en el corazón petrolero de Houston: paralizar durante varios días un tercio de la refinación de crudo en el país.
Con la Casa Blanca absorbida por disputas internas, fue paradójicamente el gobierno de México el primero que ofreció ayuda a Texas, como lo había hecho frente al Katrina, y “como los buenos vecinos deberían hacer siempre en tiempos difíciles”.
“México deberá pagar el muro”, había insistido Trump semanas antes. Por el paso de los huracanes, en cambio, el Presidente debió enviar primero 12.250 millones de dólares a Texas y Luisiana, y después romper un pacto con sus legisladores republicanos para acordar con sus rivales demócratas un aumento del endeudamiento federal y destinar otros 7.850 millones para la emergencia en Florida.
Sería irónico, pero no imposible en este contexto, que la Casa Blanca le pidiera a México postergar la compra de ladrillos para el muro y colaborar antes con los inundados, ya de por sí víctimas de un fenómeno bastante menos predecible y a largo plazo más riesgoso que Harvey o Irma: el Huracán Donald.

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