Lectura recomendada: Con Donald Trump, el mundo entra a la era de “desglobalización”

Hemos entrado en la era de la “desglobalización” con el liderazgo del nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, quien connmueve al mundo con un triunfo apoyado en la constatación de que hacer la guerra a la globalización y algunos de los desastres que ha causado era la única estrategia vencedora para conquistar el poder. El proteccionismo lanzado como un hacha por Trump está ya creciendo vigorosamente y ahora muchos se preguntan si la desglobalización es una pausa hasta que nazca la globalización 2.0, que introduzca correcciones de fondo, o el mundo marcha hacia un caótico desorden con una guerra comercial que creará las fatales premisas de un escenario prebélico catastrófico.

Entre 1960 y 2008 el comercio internacional creció con un promedio anual del 6,6%, mientras la economía mundial aumentaba paralelamente un 3,5% al año. Desde 2008, el annus horribilis de la crisis global que nos acompaña desde entonces, el crecimiento de los intercambios se contrajo al 3,4% y el año que recién termina bajó a poco más del 2,%.

Otro dato clave es que los flujos de capitales eran del 57% del PBI en 2007 y se hundieron al 36% en 2015.

La globalización hizo crecer notablemente a los gigantes asiáticos, sobre todo China y también a la India. Pero la edad de oro de la globalización de los mercados causó un “ensanchamiento espantoso” de las desigualdades sociales, mandando a la ruina del empobrecimiento y el desempleo agudo a millones de trabajadores y a parte de las clases medias.

Papa Francisco calificó al fenómeno como la sociedad del descarte de seres humanos condenados a la marginación y la invisibilidad, mientras el banquete de las riquezas inauditas eran reservadas a grupos cada vez más reducidos de privilegiados. En EE.UU. se llegó a calcular que solo el 1% de los 320 millones de habitantes gozaba plenamente de los beneficios de la globalización, arrinconando al restante 99%.

La hostilidad del Papa argentino hacia la sociedad del “Dios dinero” que amplía en forma escandalosa la desigualdad social y la “globalización de la indiferencia”, caracteriza su pontificado reformista atacado en forma cada vez más virulenta por los sectores ultraconservadores. En Roma son un ejemplo de esta multiplicación de la pobreza, la indigencia y el desamparo, los centenares de sin techo que acampan en torno al Vaticano.

Hay que recordar que en la reunión cumbre de los grandes países industriales en Seattle de noviembre de 1999, cuando se vivía el momento mágico del relato de la libre circulación de bienes y la apertura sin parangones de los mercados bajo la presidencia de Bill Clinton, se registraron grandes desórdenes en la ciudad norteamericana con 40 mil protestantes contra el Nuevo Orden globalizador. Muy importante fue que los 40 paises africanos y de América Latina invitados a dar su consenso, rechazaron las nuevas negociaciones de apertura de los mercados porque habían sido confeccionadas en explícito beneficio de los grandes capitales transnacionales.

Diecisiete años después, con la gran crisis a cuestas, el G20 se reunió en China y los líderes reconocieron la gravedad de las consecuencias y auspiciaron una globalizacion 2.0 del rostro humano, menos desigual y más inclusiva.

El Fondo Monetario Internacional y otras grandes organizaciones financieras que hicieron flamear las banderas de la globalizacion no ocultan hoy sus preocupaciones por la realidad de que el gigantesco globo se está desinflando. Basta mirar a China y sus problemas, un quinto de la humanidad y principal centro manufacturero mundial.

Son visibles las dificultades para convertir al consumo interno en el motor dominante de la economía china, cuando el modelo ganador se basó en las inversiones y las exportaciones. Los problemas financieros, los créditos hipotecarios deteriorados que superan los 600 mil millones de dólares, hacen temer corridas de dimensiones bíblicas que podrían terminar en un repliegue de consecuencias desastrosas para muchas naciones. Por ejemplo para Argentina, Brasil y Australia, que tanto dependen de las compras chinas de materias primas.

El FMI se muestra mucho más preocupado aún por el “boom” de medidas proteccionistas que hacen galopar a la desglobalización. El año que acaba de pasar mostró un crecimiento de cuatro veces sobre los datos del 2009, de los procedimientos proteccionistas. En los intercambios hay una tendencia claramente predominante a medidas de restricción. La mayoría son adoptados por los mismos países del G20, ex campeones de la globalización. Desde el 2008, cuando se inició la crisis, los países del G20 implantaron más de 800 medidas proteccionistas en el comercio de los metales, en particular del acero, el cobre y el aluminio. EE.UU. impuso tasas de hasta 500% a China en el sector del acero.

Trump anunció que desarticulará los principales tratados comerciales multilatarales, como el TPP de doce naciones del Pacifico en función antichina que inventó el presidente Barack Obama, o el tratado en gestión con la Unión Europea. El nuevo presidente ataca especialmente al NAFTA, firmado con Canadá y México, amenazando con tasas especiales del 35% a las compañías automovilísticas que fabriquen autos en México y pretendan venderlos en el mercado norteamericano amparándose en el NAFTA.

El desmantelamiento de los tratados creará inevitablemente nuevos tratados sin EEUU, como el que promueve China en Asia con notable éxito. Hasta Japón se muestra interesado para no quedarse afuera.

Los descalabros sociales de la globalización produjeron hechos políticos cruciales como la Brexit. la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, y el mismo triunfo de Trump en las presidenciales norteamericanas.

El proceso venía incubándose desde que la crisis de 2008 castigó en especial a los 28 países de la Unión Europea, dominada en el área de los 18 Estados que utilizan la moneda única, el euro, por la dictadura del gigante alemán. La austeridad que produjo medidas rígidas y la oleada de inmigrantes que en 2016 hicieron entrar 503 mil desesperados en el espacio europeo de 540 millones de habitantes, favoreció netamente a los movimientos derechistas en varios países de la UE, que se están convirtiendo en una pesadilla.

En dos países, Polonia y Hungria, triunfó la contrarrevolución nacional, que se sintetiza en blindar la soberanía absoluta y en reducir los espacios democráticos. Un economista turco, Dani Rodrik, enseña que la democracia, la soberania nacional y los capitales globales, no pueden coexistir. “Uno de estos tres componentes debe caer”.

La Unión Europea enfrenta la peor contestación a sus principios en la campaña que lanzó el polaco Jaroswlaw Kaczynski, lider del partido de Derecho y Justicia, junto con el primer ministro húngaro Viktor Orbán. El momento es pésimo. Además del enorme embrollo que representa la gestión de la traumática salida de Gran Bretaña, la UE enfrenta este año dos pruebas electorales muy difíciles, con la probable victoria de la ultraderecha en Holanda y las buenas posibilidades de Marine Le Pen y su Frente Nacional en Francia.

En Polonia, Kaczynski, que ha impuesto medidas restrictivas de la libertad, asegura que “hay que reforzar el patriotismo y la identidad nacional”. Reclama que haya una presencia de “más capital polaco en la economía” y naturalmente propone medidas estrictas de clausura a la entrada de inmigrantes refugiados.

La unificación europea, propuesta como lejana ilusión, es rechazada de plano. Kaczynski le contrapone el “concepto del Estado Nacional” y agrega: “Una unificación cultural de Europa significa degradación y sería peligrosa”. Música celestial para los oídos de Donald Trump.

 

Por Julio Alganaraz
Publicado en Clarín
07/01/2017

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