Lectura recomendada: El drama de los océanos.

Cuna de vida,/caminos de sueños/puente de culturas/(¡Ay, quién lo diría…!)/ha sido el mar./ Miradlo hecho un basurero, /herido de muerte”, escribía, incisivo, Joan Manuel Serrat. Ese juglar del siglo XX, ya por los 80 en su canción “Plany al mar” anticipaba la muerte de ese mar al que había alabado en aquel “Mediterráneo” que hizo soñar y apasionarse a más de una generación.

Más tarde, con voz grave y circunspecta, ponía en escena su nuevo tema con un preámbulo contestatario en el que, de alguna manera, hacía un llamado de atención.

“Debe hacer unos 13 años que yo escribí esta canción del Mediterráneo –decía Serrat en cada escenario que pisaba–, y aunque por aquel entonces las cosas no pintaban demasiado bien para el mar, uno tampoco podía prever que la incompetencia y la soberbia de la especie humana podía situar a nuestro querido y triste mar. Por eso ahora cuando escucho esa estrofa que dice que me gustaría que me enterraran entre el cielo y la playa, con vistas al mar, yo personalmente mucho me temo que seamos nosotros los que tengamos que ir a su entierro, y evidentemente también al nuestro”.

Así como el Mediterráneo de Serrat, los mares y los océanos están heridos de muerte. ¿Seremos nosotros los que asistamos a su entierro o, quizás, los responsables de ese entierro?

Casi inesperadamente, la expedición científica española Malaspina, que entre 2010 y 2011 salió a recorrer los océanos para estudiar el impacto del cambio climático en la vida marina, encontró en cada una de las muestras procesadas en el laboratorio, junto a los más variados microorganismos, restos de plástico. También aparecía en las pruebas que se hacían a miles de kilómetros de la costa. Plástico por todas partes, incluso en medio de la nada. Se calcula que anualmente ocho millones de toneladas de plástico llegan al mar. A este ritmo en el 2050 habrá más cantidad de plástico que de peces.

No hay rincón de un océano que no sufra el impacto dañino de la actividad humana: sobrepesca, contaminación, residuos, petróleo. No hay rincón que escape al azote del cambio climático que transforma sus perfiles y lo ahoga.

Pero los mares no pueden salir a la calle con pancartas para hacer su propia protesta. Silenciosos, esperan alguna reacción humana, o mejor dicho humanitaria.

Y quizás esa espera no sea en vano y haya tenido su impacto en los líderes de gobierno, organizaciones internacionales, sociedades civiles, sectores privados y también en la comunidad científica y académica. Y será en Nueva York del 5 al 9 de junio donde se realizará la primera Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre los Océanos. Casi 40 años después de aquella advertencia poética de Serrat.

La intención de este primer encuentro mundial es lograr progresos concretos a través de compromisos a nivel local, nacional, regional y mundial para revertir el deterioro causado a los océanos por las actividades humanas y dirigirlo hacia un futuro más “vivible”.

De esta manera cumplirían con el objetivo 14 de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible: conservar y utilizar en forma sustentable los océanos, los mares y los recursos marinos.

Hay acciones pendientes por parte de las naciones.

La lista es larga y extensa, por ejemplo: extender las áreas marinas protegidas que debería alcanzar el 10% de cada océano en el 2020 –hoy cubre menos del 5%–, la eliminación de las subvenciones a la pesca para el 2020, tema que se discutirá en la próxima reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en diciembre en Buenos Aires.

Tal vez porque existe la idea de su inmensidad inagotable, tal vez porque la mayor parte de sus aguas parece un “lugar de nadie”, tal vez por esa suerte de concreta abstracción los mares no se vean como recurso para el futuro.

Sin embargo, y casi como una paradoja, son el mayor empleador del mundo, sustentando de manera directa más de tres mil millones de personas.

Si un océano fuera un país sería la séptima economía del mundo, con un Producto Bruto Interno (PBI) mayor que el de muchos países ricos y emergentes del planeta que hoy, por ejemplo, integran el G20. Un país que provee alimentos para más de 2.600 millones de personas. Sin embargo, no hay una autoridad central que lo defienda.

Pero las evidencias científicas que ponen constantemente una “luz roja de emergencia” y la creciente presión de la opinión pública hacen posible que la agenda política global se ocupe de asistir a este herido agonizante e intente rescatarlo de la muerte.

Por Eduardo Tempone

Publicado en el diario Rio Negro

1 de junio 2017

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