Nuestros Artículos: Europa, centrífuga y centrípeta

La Unión Europea se ha convertido hoy en un magnífico laboratorio para testear el llamado “trilema de la globalización”. Esta formulación postula la imposibilidad práctica de alcanzar tres metas (democracia, soberanía nacional e integración económica) a la vez, por lo que sólo dos serían simultáneamente posibles en el actual contexto histórico.

En efecto, anida hoy en Europa una llamativa convivencia entre movimientos euroescépticos y movimientos separatistas. Ambos luchan por una ruptura, aunque sólo los primeros parecen querer dar la espalda a Bruselas. Veamos qué tienen en común y qué diferencia a estas tendencias centrífugas y centrípetas.

En primer lugar, tanto el euroescepticismo como el separatismo tienden a intensificarse con el debilitamiento de la organización o Estado del cual se pretenden libertar. Para el Brexit, fue la crisis de los refugiados. Para la causa de Cataluña, podría ser el fin del viejo bipartidismo español.

La profundización de las desigualdades dentro y entre los Estados es otro de los tradicionales catalizadores de estos movimientos. La adhesión popular al euroescepticismo y al separatismo depende de la credibilidad de la promesa de una vida más próspera tras la ruptura. Para eso es necesario un buen punto de partida, como pertenecer al G7 o ser una de las regiones más ricas y pobladas de España…

Asimismo, hace muchos siglos que la agitación separatista constituye un arma de la política internacional. A fines del siglo XVI, el cardenal Richelieu incentivó la revuelta catalana mientras Francia y España se enfrentaban en la Guerra de los Treinta Años. Esta estrategia de debilitar a un rival desde adentro también ayuda a explicar el apoyo de Donald Trump a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la segunda economía del mundo, después de los Estados Unidos.

Tanto el separatismo como el euroescepticismo promueven las consultas populares puntuales, lo que les permite responsabilizar a las mayorías circunstanciales por una decisión cuyos efectos -de imposible predicción ex ante– se verificarán por décadas.

A partir de aquí no hay muchos más puntos de contacto. El separatismo es un reclamo de independencia que procura un divorcio -casi siempre litigioso- dentro de un mismo Estado. Al implicar el nacimiento de una frontera, requiere el reconocimiento por parte de la comunidad internacional.

Por el contrario, la separación de la Unión Europea está prevista en los tratados y es una decisión soberana de los Estados miembros. Se trata de una decisión unilateral que no depende de la voluntad de terceros.

Para contener las presiones separatistas, los Estados tienen alguna capacidad de respuesta, como el otorgamiento de una mayor autonomía a esos territorios. El margen de maniobra de la Unión Europea en este ámbito es mucho más limitado, sobre todo con relación a la libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales. Ser benevolente con unos e intransigente con otros crearía una Europa a la carte, modelo que se encuentra en las antípodas del espíritu y del propósito de los padres fundadores del proyecto europeo.

Merece igualmente ser destacado que el separatismo no es euroescéptico. En Escocia, por ejemplo, donde el partido dominante defiende la independencia de Reino Unido, el 60% de los votantes se manifestaron en contra del Brexit.

Las reglas de funcionamiento de Bruselas representan un serio obstáculo para las causas separatistas. Es que la pertenencia a la Unión se logra con la decisión unánime de sus miembros. Fácil es imaginar que el Estado objeto de separatismo vetaría la incorporación de la provincia o región independizada, colocándola así bajo una enorme presión económica. En este contexto, el “trilema de la globalización” resultaría aplicable.

Si bien la Unión no se manifiesta abiertamente sobre el tema, resulta obvio que la pérdida de recursos económicos y de población disminuiría su relevancia internacional añadiendo incertidumbre y erosionando aún más la confianza en el proyecto europeo.

Frente a estas fuerzas, Bruselas responde con un pragmatismo silencioso ante el separatismo y cierta displicencia contraproducente ante el euroescepticismo. Una estrategia que, con el Brexit, la elección de Donald Trump y la posibilidad de que Marine Le Pen gane las presidenciales francesas, reclama urgentemente ser reformulada.

 

                                                                                                        Por Jorge Argüello
Publicado en La Nación

                                                                                                       27 de febrero 2017

Leave a Reply